martes, 11 de agosto de 2015

El Brillo De La Perla De Ponceña Se Opaca

El fin de semana fue lleno de alegrías y cosa buenas junto al cabezón y la manada. Entre todas las actividades de cumpleaños de Lolin y otros compromisos, sacamos un ratito para ir a ver a mi vieja (si tengo madre). Ella está muy bien y le envía saludos a todos mis amigos del fisbu (así pronuncia Facebook), pero sobre todo estaba feliz y tranquila, porque le ayude a resolver una situación que la estaba preocupando. Me cocino una batata con salmón (siempre buscándome los gustos) y después no pudo faltar la tacita de café. Fue una tarde bendecida, entre sus cuentos y anécdotas de gente que conozco y otros que ni idea tengo de quien me hablaba. Si, ella me habla de toda la gente que conoce, por nombre, sin explicar quiénes son y muy frecuentemente me enredo y me pierdo en su conversación.

Llego el momento despedirnos, como siempre la despedida tiene una secuencia tradicional, de besos en el balcón, la bendición y mientras caminaba hacia el carro, siento su mirada fija en mí. Que estará pasando por la mente de mi vieja mientras me ve alejarme? Ya en el carro, miro por última vez, para verla como siempre en su balcón, diciendo adiós con la mano con el porte de Miss Universo (claro, versión sénior con veinte libras de más). Así me alejo y mientras conduzco para buscar las salida al parquin (esto por el dicho Ponce es Ponce y lo demás es parquin) se derrama un sentido de paz en mí, mientras me dirijo rumbo con destino a la loza (San Juan).

Lamentablemente esa paz se vio interrumpida súbitamente, en unos instantes, cuando al pasar frente a la fábrica de cemento (en Ponce). Pude evidenciar una escena que me hizo reconsiderar mi orgullo Ponceño y sentí repentinamente que el brillo de la perla se opacaba. A la orilla de la carretera vi una manada de al menos veinte perros, de diferentes edades realengos. No tenía que hacer pruebas de DNA para saber que eran perros de la misma camada, que estaban reproduciéndose sin control alguno y ante la mirada desinteresada de cientos (tal vez miles) de conductores que pasan por allí a diario. La escena parecía sacada del tercer mundo, que  vemos en documentales de lugares (distantes y ajenos) sin estructura alguna, un sistema roto y en colapso.

Sentí bochorno ajeno de la triste realdad, que cual lugar tercermundista, los cientos (tal vez miles) de personas que por ahí transitan, han hecho nada y simplemente se acostumbraron a ver esta manada literalmente salvaje, a la orilla de la carretera, representando no solo un peligro para estos animalitos, pero también para los conductores y personas. También, sentí decepción con las personas que ocupan los puestos electivos de mi cuidad, ya que esto pone en dudas su liderato, pero más aún su compromiso.  Mientras nadie toma acción alguna, me imagino que simplemente (la manada de veinte perros, en varios meses será de treinta y así sucesivamente)  se convertirá en parte del paisaje de la cuidad. Por mi parte, me niego a quedarme callado ante semejante irresponsabilidad colectiva y de falta de liderato. Si en Ponce no hay líderes de la manada Ponceña, alguien de la manada Ponceña debe asumir ese liderato. El cuento de hoy no tiene mucho humor, no sé si tenga moraleja, pero viene de un lugar de mucha indignación con una acusación y un llamado a actuar!


Buenos días, mi pana Casper les saluda!